JOSÉ MARÍA DÍEZ

 

 

 

ESCENA INVERNAL 

Creo haber hablado por aquí del arte como extroversión de lo vivido. Plasmar en un soporte nuestras afecciones es la tarea principal de la destreza del artista. Técnica aparte, la mejor forma de conectar con el receptor es hacer que el mensaje que se transmite sea creíble; y eso llega a su cénit cuando lo que se transmite se ha vivido y, además, cuando se ha lanzado con total sinceridad. 

Ahora que llega el verano con su clara intención de agobiarme un poco con sus rigores (y eso que vivo en Cádiz, y no en mi Extremadura natal), no por casualidad han venido a mi cabeza algunas escenas antiguas que, al menos, me traen cierto halo de frescor, aunque sólo sea en la memoria. Vino a mi cabeza noviembre de 1989: un partido de fútbol. Por aquella época, mi hermano Claudio y algunos futboleros de primer orden (Javi-Java, el hombre grande, e Isidro, el Melli, entre otros) jugaban al fútbol todos los sábados, contra viento y marea, en un campo de tierra sin aditivo alguno. Había que tener ganas, y ellos las tenían a raudales. Yo acostumbraba a verlos en aquellas matinales de descanso que eran sabrosísimas. Salía de casa con la cámara a cuestas y recorría toda la periferia de Almendralejo para contemplar el límite entre el asfalto y el campo, siempre buscando algo de la belleza que mis calles no me querían dar. Así que, después de perderme un poco, me encontraba al fin en las gradas del campo alto del polideportivo.

Ese día llovía. Qué belleza aquel espectáculo de barro, de líneas blancas desfiguradas por el pisar de las botas, de muchachos gigantes disputando balones, todos ellos enfundados en una camiseta azulgrana que defendía un escudo de un equipo muy noble y romántico, con ideales de verdad, sin dinero, pero con clase. Eran otros tiempos, y no estos, dominados por inversores del quinto carajo que no saben quién es Antonio Álvarez Caballero, el Nono, el hombre que más y mejor conoce a los muchachos del pueblo, eso que llamamos cantera, vamos. En fin, que yo estaba allí arriba ayudando a meter goles con mi pierna, que se movía instintivamente cada vez que el delantero iba a rematar. Y entre remate y remate, mi cámara. Y mis vistas perdidas hacia la sierra de Feria, en los confines de la Tierra de Barros. Ese paisaje lo tengo grabado en el alma como parte de mi verdadera esencia. Los campos, ya vacíos de las hojas verdes de las vides, recibían el agua lenta que caía con el encanto de las grandes ocasiones, como atusando el terreno para la venida de los dioses. Desde aquellos dominios (porque yo me ponía en lo más alto de la grada) se veían los caminos con señuelos más claros, el fondo de las sierras pintadas de tonos azulados y grisáceos, y los nubarrones densos cubriendo todo el celaje. Diversas luces, muchos matices, aires de la sierra perfumados de humedad, gritos de pimpollos altos y espigados, relajación de sábado, deseos de cervezas en El Peque. Imágenes guardadas en el corazón que, al cabo de los años, saldrían de las manos hacia los papeles. Vivir para crear. Crear para vivir.

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