JOSÉ MARÍA DÍEZ

 

 

 

METAMORFOSIS

En cualquier proceso creativo de índole artística debe de haber una vivencia. De esta manera, sobre el soporte se manifiestan a plena luz cada uno de los pliegues emocionales formados en el alma como consecuencia del tránsito vital. Nos movemos en los espacios recorriendo escenarios que absorbemos con el filtro de la sensibilidad de por medio. Pero también existe otra cinética, la cultural, ese conjunto de prácticas que hace las veces de viaje, y que atañe de la misma manera a la retina -o a la piel-, al corazón, y al intelecto.

Cuando cualquiera de esos dos ejercicios de espiritualidad fluye a sus anchas, o bien cuando lo hacen a la misma vez, y siempre con la técnica como jueza capacitadora, se produce el milagro de la emisión artística. Desbrozamos las limitaciones y vertemos al exterior un mundo interior nacido de la metamorfosis que el mundo exterior experimenta en nosotros. Vivimos la artesanía que se da en el estudio como una religión, como una especie de éxtasis por el cual nos convertimos en los mismos pasajes que hemos ido desvelando con nuestras herramientas y nuestros materiales.

Para completar el rito, y para que este tenga todo el sentido del mundo, sólo resta que el espectador asuma la vivencia como propia, y que viva, imagine, o interprete, nuestro tránsito. Y no precisamente como devoción al creador, sino como un gesto del correligionario que está en el mismo estrato espiritual que él sin que ninguno llegue a tener prevalencia. Se trata, pues, de vernos, de encontrarnos en la creación. O, mejor dicho aún, en la recreación. Porque sobre un papel o un lienzo no inventamos nada; porque cuando nos zambullimos en la obra, tanto en el estudio como en la sala iluminada, simplemente, y para nuestro bienestar, somos lo que ha quedado en nuestra entraña fruto de nuestras vivencias, las del emisor y las del receptor.

<< Volver al blog