JOSÉ MARÍA DÍEZ


Vista del Montgó desde el campo de Ondara. Lápiz sobre papel.

 

LAS MORADAS DEL ALMA: ENTRE SEGÀRIA Y MONTGÓ

Difuminadas en el tiempo, las vistas más arcaicas que atesoro de las sierras de Montgó y de Segária pertenecen al terreno de la literatura hablada, y vinieron de los relatos de mi entrañable amigo Boro. Ondarense, tenía entonces la vida partida en dos geografías: la académica, que transcurría en la Tierra de Barros; y la vacacional, que ejercía, curiosamente, en su terruño patrio. No sé cuántas historias sucedidas a las faldas de aquellos accidentes me habría contado la criatura. Sentado en el salón de mi casa (con la inestimable presencia del Tito Diego), o cuando me encontraba en plena faena pictórica en mi estudio, se le alborotaba su esencia con solo pensar en aquellas palabras mágicas.  Hoy día, viviendo en Cádiz a casi trescientos kilómetros de mi cuna, percibo que entiendo algo más que entonces esas convulsiones psicosomáticas, porque a mí también se me altera el ánimo cuando oigo o leo términos como Alange, o Cortijo del Aire, o Camino Husero. Así que, dada mi natural ansiedad (casi patológica) por averiguar cómo es el mundo, imaginaba, a golpe de palabra, la categoría de sus montañas, y qué bello efecto describiría aquel dicho de Segària i Montgó amb capell, pica espart i fes cordell.

Un tórrido mediodía de agosto de 1990, mi amigo José Antonio y yo llegamos al levante procedentes de medio norte de España. Digo lo de medio norte porque hicimos en tren un montón de kilómetros durante más de veinte días, de Mérida a Ondara pasando por Madrid, Sahagún de Campos, León, Gijón, Candás, Perlora, Santander, Santillana del Mar, Bilbao, Burgos, Madrid otra vez, Valencia, Gandía... Félix, quien también nos acompañaba, fue reclamado en el trabajo y nos abandonó en Burgos. Una película con mochila al hombro. Ya se sabe: jóvenes de sangre caliente con ganas de patearse otros hábitats. Total, que a última hora decidimos que había dinero y que no estaría mal a ver a nuestro amigo Boro en el suyo propio. Nada más llegar a Ondara, nos fuimos al bar Prado, un lugar conocido de los relatos, y allí nos dieron, con pelos y señales, todas las pistas para encontrar al muchacho. En una era en la que la tecnología no pasaba del teléfono orejón con cable limitado al diámetro de una mesita vestida con paño y con lámpara encima, nuestra repentina llegada fue una sorpresa para él. De aquellos momentos, lo que más recuerdo es un torrente de luz aplastante, lechosa y ardiente, cayendo sobre nuestros morrillos cuando íbamos a tomar unas absentas en el mercado, ya pasadas las tres de la tarde.

Por la noche, con toda la hospitalidad del mundo, Boro y algunos de sus amigos nos llevaron a Benimeli, donde había bous al carrer  por la festividad del Ecce-Homo. Estábamos justo al pie de Segària, pero la nocturnidad me privó de contemplar el espectáculo serrano que tanto deseaba. Acabamos la noche en Golden, el abrevadero de juventud más despampanante de la época en toda la Marina. Cuando salimos del antro ya estaba abriendo la alborada. Olía a un pastiche narcótico que mezclaba magistralmente los efluvios del mar con los matices afrutados de los huertos, y esa golosina, potenciada por la luz suave que llegaba desde atrás, nos condujo a pie hasta Ondara por caminos y veredas que Boro conocía muy bien. En un momento dado, sólo cuando ocasionalmente se interrumpió la línea de los frutales, fui consciente del lugar exacto en el que estaba: el epicentro, el término soberano donde sucedían las historias que me contaba a setecientos kilómetros al oeste. Detrás de Ondara, que lo tenía justo enfrente, asomaba Segària; y orientado al sureste, Montgó. Lo azulado de ambos perfiles me trasladó a otras mañanas de verano que no tenían mar, pero sí ondulantes viñedos y olivares, detrás de los cuales delimitaban mi reino dos cordilleras: la de Alange y la de Feria.

Volví a Ondara dos años después. En Valencia, adonde había llegado en tren desde Mérida, tomé un autobús, y casi al final del trayecto, a la altura de El Vergel, reconocí los dos perfiles: el de Segària, encajado en mis narices con su altanería, desbocada y medida al mismo tiempo;  y el de Montgó, tan elegante en su majestuosa concentración. Fue una tarde en la que, un poco más al norte, estaban inaugurando unos juegos olímpicos muy portentosos. Aquel pueblo era una verdadera bola de fuego mil veces más encendida que la misma antorcha olímpica que había pasado meses antes por allí a manos del Ferrer. La gente se apelotonaba en los bares para disfrutar del espectáculo de magia y teatro que estaba siendo transmitido a todo el mundo, y esperaba deseosa en los alrededores de la plaza de toros a que estallara el cohete anunciador de los toros de Sant Jaume. Fue una semana frenética de arroz y penyas, de bous y fuego hasta en las sopas, de noches de burret y cancioncillas de las peñas. 

Es curioso el instinto que, tiempo después, ya bien entrada la década de los noventa, había desarrollado cuando llegaba el verano. Me sobrevenía un deseo hondo de buscar el levante, y no precisamente por una necesidad de remojarme en la balsa del Mediterráneo, sino más bien por una añoranza de la luz, tersa y difusa, de una fuerza apabullante que tamizaba el ambiente como si cayera una fina lluvia de polvos de talco. Era un tiempo pleno. Vivía para trabajar sin menoscabo alguno de mi bienestar, porque mi trabajo era una afición. Más aún: una pasión. Por fin había conseguido alimentarme de lo que mis manos hacían. En el momento en que decidí viajar a Ondara por tercera vez, los límites postreros de la primavera anticipaban ya el sopor de julio. Había inaugurado algunos garitos que diseñé, y que se pusieron muy de moda por no sólo por la genialidad de su propietarios (siempre buenos negociantes, espléndidos, abiertos), sino por la elegancia que entre todo el equipo involucrado en aquellos proyectos habíamos conseguido. Así que, dulcemente cansado, hice lo propio: tren a Valencia. Además de la luz, necesitaba otras muchas cosas, y entre ellas, ver a Boro. Muchos años separados era demasiada condena para haber estado tantos años juntos.  

El Sant Jaume de 1999, con la Orquesta Pirata impulsando los más amigables sentidos con Paquito el Chocolatero, fue de traca. Durante una semana, anduve con La Penya de Boro a cuerpo de rey. Esta jarca de iluminados, tan refinada como agreste, era de una solvencia completa en lo que verdaderamente importa en la vida, que es la generosidad y la lealtad. Cuando los veía tumbados por las aceras, desarmados y sin palabras, parecían una manada de búfalos satisfechos con su deambular, como si una corte celeste los hubiera exonerado del peaje de vivir y sólo les quedara tranquilidad. Iban vestidos toscamente, con mucha modestia, todos uniformados con sus pantalones blancos y sus camisas rojas, como queriendo destacar que eran manada (buena manada), y no individualidades. Aún pudiendo ser una agrupación de genialidades, preferían destacar el prototipo generacional (lo mejor de cada casa) sobre el estrellato. Así pasé con ellos las noches, con sus días correspondientes, cobijado en aquel hogar humano. Y en la casa de Boro, el otro hogar donde Pepe y  Pepica, los padres, me acogieron sin reparos; y yo, agradecido, claro, no sólo por su hospitalidad, sino también por ese hablar palatal de su valenciano castúo. ¡Qué placer!

Atrapado por la historia, como siempre, el penúltimo día me escapé a Dénia. Antes de que el sol tomara la rienda del día, me perdí por sus calles más empinadas rumbo al castillo, que es una mezcla perfecta de fortaleza y fronda.  No sé de qué manera se quedaron impregnadas muy dentro de mí esas vistas de ortógonos tan bien adornados con nubes de vegetación. El caso es que, al cabo de los años (otra vez los años, que dan, más que quitan), cuando veo algunos de mis grafitos que representan arquitecturas, irremediablemente me llevan a la Ronda de les Muralles, por donde me fui hasta el puerto. Tomé café viendo el mar y leyendo Años y leguas, de Gabriel Miró. Había calma y sopor. Y una pareja de viejos ingleses con bermudas y totalmente desubicados, que llevaban en la cara el mapa entero de la Rioja. Volví a Ondara con toda la sal del mar en el cuerpo. Allí la gente ya estaba preparada otra vez para quererse en público a los sones de la Orquesta Pirata. Me quedaba una noche, pero no quería salir de allí sin pisar el punto exacto donde ubiqué por primera vez el epicentro de aquel reino, hacía nueve años. Deambulé un rato, pero era difícil ubicarme en el sitio exacto, simplemente porque las coordenadas, el contexto, y la luz, no eran los mismos. Pero me era indiferente, porque, tras andar un poco, encontré una encrucijada perfecta. El lugar que pisaba, a un palmo de Ondara, me regalaba una vista exquisita de las dos moles, testigos y guardianes de otra morada del alma. Menos mal que existen lápices, y papeles que los soporten.