JOSÉ MARÍA DÍEZ

Marzo. Grafito sobre papel, 12x22 cm

 

UN HOBBEMA EN CASA DE UN CHARCUTERO

Mi fascinación por la pintura holandesa del siglo XVII le debe mucho al libro de Anaya de Historia del Arte que utilizamos en COU, allá por el curso 1983-1984. Uno tenía diecisiete años, y una gran facilidad para dejarse impresionar por formas, colores y sonidos. Recuerdo con extraordinaria precisión que, entre los descansos de las clases, me dirigía con cierto dulzor a las páginas 528 y 530, donde no me fallaban nunca dos imágenes icónicas para mí, las de dos cuadros que, a lo largo de mi vida, traerían cola, porque, amén de venerarlos hasta la saciedad, fueron también sendos senderos en los que, con los años, descubriría todo un movimiento pictórico de inigualable calibre. El primero de ellos era Vista de Delft, de Johannes Vermeer: brillante, vibrante. Y protector, porque, en su contemplación, me sentía tranquilo y a cubierto bajo esos nubarrones de arriba que, más que amenazantes, me resultaban acariciantes. Y el segundo era La avenida de Middelharnis, de Meindert Hobbema. Aún me pregunto por qué esta pieza de 103,5x141 produce en mí tal seducción, y si esta reside en un rincón del cerebro, en la yema de los dedos o en la espina dorsal; me pregunto por qué una y otra vez quisiera seguir el camino hasta llegar al puerto que se intuye al fondo, y del que me percaté sólo cuando pude contemplar esta maravilla, en vivo y en directo, en la National Gallery. Es la luz, sin duda, el aglutinante de todos los secretos del cuadro. Es la luz la que arma el escenario para darle alma, que es decir vida, placidez, confort, tiempo quieto y eterno... 

Pero Vermeer y Hobbema son sólo la punta de un iceberg muy sólido. Se estima que en todo el siglo XVII se pintaron en los Paises Bajos sobre unos (¡qué barbaridad!) cinco millones de cuadros, aunque no todos, evidentemente, fueran obras maestras, ni tan siquiera notables. Así lo prologa Peter C. Sutton en el catálogo que publicó el Museo Thyssen-Bornemisza con motivo de la exposición El siglo de oro del paisaje holandés (1995, p. 17). Había por entonces en aquellas tierras una gran pujanza económica debido a la importancia que iba adquiriendo el comercio y la pesca conforme los conflictos con España se iban zanjando. Llama poderosamente la atención leer que, según Peter Mundy (comerciante, viajero y escritor inglés de esa época), profesionales como panaderos, herreros, carniceros y zapateros (entre otros, supongo yo), solían adornar las paredes de sus casas con cuadros que compraban a los artistas nativos; y que, según un tal John Evelyn (otro inglés: escritor y jardinero), había abundancia y disponibilidad de obras, sobre todo en las ferias locales. No es que uno quiera pensar que esta aparentemente agradable tesitura fuera una gran panacea para que todos los artistas del universo neerlandés viviesen como reyes y tuvieran una vida plena gracias a sus interpretaciones de la naturaleza y del paisaje urbano de entonces, pero sí que se te enciende un piloto muy rojo cuando imaginas qué sería de la sociedad actual si, por ejemplo, el charcutero de tu mercado te dijese: Mírame por ahí una vista de la sierra de Tentudía, que de allí traigo yo mis lomos, y me apetece contemplar aquellos amaneceres en el saloncito de mi casa.  Una entelequia. Por dos razones. La primera es que el arte está tirado por los suelos. Peor aún, ignorado. No se educa la sensibilidad para que un hipotético espectador medio (otra entelequia) se plantee en algún momento de su vida adquirir una obra de arte de la misma forma que se le ha planificado un futuro en el que se incluyen coches, casas, viajes enlatados, teléfonos móviles, ordenadores... La segunda razón es que el arte es caro, elitista y extremadamente antidemocrático. El arte está encumbrado, malditamente manipulado, muy lejos de la nobleza que conlleva la creación. Existe una prostitución de lujo en torno a un hecho que nos hace más humanos y más sensibles, no sólo al arte en sí, sino también a la vida en general; y que nos aleja del simple funcionariado de existir, con su gulas, sus cópulas y sus excrecencias. 

Declaro mis máximos respetos a los charcuteros, y pido disculpas por la generalización. Incluso les doy las gracias, porque ellos también nos acercan los paisajes que añoramos con sus sabores, que también nos regocijan el alma. Podría haberme referido a los maestros de escuela, a los talabarteros, a los ingenieros agrícolas, a los agentes de banca... O a los concejales de cultura (sí, sí; también existen concejales de cultura que no tienen ni idea de qué va este rollo de iluminados. Podría dar nombres). Pero así está el patio. Mientras las televisiones echen comida barata con divos de rizos rubios que dan saltos a la par que cantan con mal gusto, la ópera seguirá siendo un privilegio, un reducido espacio para mover joyas; y las salas de exposiciones, extraños espacios donde se venden sueños muy caros e incomprensibles. Son muy pocos los invitados al caviar. Y a todo esto: ¿quién será Hobbema? ¿El próximo fichaje del Real Madrid?

 

 

 

 

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