JOSÉ MARÍA DÍEZ

 

 

 

ARQUETIPOS

No parece una mañana de primavera recién estrenada, como correspondería al día veintitrés de marzo de dos mil diecinueve, sino de primavera plena: casi hace calor en el patio de Tirso, en Pozuelo.  Hablamos del pasado, sobre la inseguridad de ser un joven artista, él meciéndose en su hamaca colgante, y yo jugando con el perro Jack, hasta que llega Queco. Entonces se abre el abanico y volamos al Campo de Gibraltar, de donde este es natural; lugar que, como sabemos, es otra provincia española que debiera de independizarse de Cádiz con todas las de la ley. La conversación es afable e irónica, aunque mucho más profunda de lo que parece, sobre todo cuando aparece el Brexit . Hay luz, verdes varios en el jardín, un cielo enriquecido por el sol, un conejo, un puercoespín y un gorrión de la familia que se ha hecho famoso en Instagram, y hasta en un vídeo de Seo Brirthlife. 

Después de tratos, fotos y abrazos sinceros, Tirso y yo nos vamos a Madrid para recoger mis obras de la exposición Arquetipos, de la que él ha sido comisario. Comemos muy rápido, y nos endulzamos, yo con la dosis diaria de chocolate que me alegra la vida. Es viernes por la tarde y la trashumancia se manifiesta en el frenesí de las autopistas con los ramales que les nacen casi violentos, de esa manera tan desacostumbrada para aquellos que venimos de núcleos más pequeños, coches que entran y coches que salen. Por un oportunísimo capricho de Tirso, casi de un volantazo entramos en el Real Club Puerta de Hierro, donde el atardecer incipiente se derrama en una luz extremadamente bella, potente aún en los primeros planos, pero suave y lechosa al fondo. Miro y remiro la sierra velazqueña entre pinos y campos de golf llenos de practicantes contentos como cochinillos pisoteando charcos. Tomo nota, y me imagino dibujos monocromos evanescentes que saldrán por el simple efecto de remover la memoria cuando esté en el estudio algunos meses después, que es seguro que eso ocurrirá.

Pasamos a por su hija Inés, viva como una lagartija. Soy Jose Mari, ¿y tú? Yo soy Inés. ¿Cuántos años tienes? Nueve. Pues yo tengo un niño que se llama Julio y tiene once.  Serrano abajo, todo el alboroto que preludia el soleado fin de semana se está desparramando. De los portales sale gente con ademanes ligeros; en los semáforos se encuentran muchachadas que no se ven desde el domingo; besos dulces por las aceras, y endemoniados adelantamientos de conductores embravecidos. Coches y coches. Parece mentira que este sea el mismo Madrid de hace treinta o cuarenta años: la Feria del Campo, la primera vez de El Prado, Pink Floyd, Las Vistillas, cociditos en Arguelles, atardeceres en el Templo de Debod, el Peugeot con mi muchacha de entonces... San Francisco de Borja. Parece mentira que el Dodge de Carrero volara tan alto.

Vamos a Hermosilla, donde hace años negociaba las facturas de mis proyectos de interiorismo con la burocracia mastodóntica de El Corte Inglés.  Ahora vengo para enmarcar el grafito del peñón que se ha quedado Queco. Lucirá exquisito con el buen criterio de Marcel, el artesano. El taller está en un sótano y su estrechez da una intimidad segura, de fiar. Después de una difícil decisión para vestir al peñón, Tirso sale con un grabado de Miró en la mano y con la niña Inés en la cerviz, como un mulo de carga pastueño. Es incansable, desde luego. 

Antes de retirar los Arquetipos hay que dejar a la niña Inés en Carabanchel con su tío Álvaro. Ahora el sol sí que se va despidiendo con elegancia dejando sobre Atocha una calidad lumínica muy dorada, como queriendo regalar su néctar más selecto a la gran desbandada de automovilistas para que empiecen inmejorablemente el fin de semana. Casi enfrente del aparcamiento encontramos una ferretería regentada por un señor que está a punto de jubilarse, por lo que todo está a precios de ocasión. Salimos de allí con una caja de herramientas y un foco que servirá para que Tirso se ilumine pintando por las noches. Estas calles son como las de un pueblo grande, cualquiera de España, que por eso estamos en Madrid, el rompeolas. En Conde de Hermosilla está el taller de Álvaro, que tiene varias plantas muy bien acondicionadas para la fabricación y la distribución de lámparas de diseño, además de otros bellos objetos de cerámica. Me pierdo en la arquitectura rasa y moderna donde todo se muestra con naturalidad y sencillez. Y me embeleso en las lámparas de factura tribal, aún con luz natural pese a lo avanzado de la tarde. Me voy de aquella factoría con un regusto nostálgico que me lleva a mis tiempos de diseñador.

Rumbo norte. Tenemos la suerte de aparcar en la misma esquina de Ynot Estudio, a sólo cien metros del Museo del Prado. Las estancias poseen la belleza de las edificaciones céntricas de Madrid, con sus recibidores elegantes, sus techos altos y sus suelos de parqué. A través de los ventanales veo a la gente purificándose en el Retiro con ropajes luminiscentes mientras la ciudad se va apagando para el día y se van encendiendo todos los modos nocturnos que ofrece el viernes. Dentro conviven sólo algunas de las obras de los catorce artistas auspiciados por Tirso. Miro y remiro, me hablan las obras, me dejan desnudo, sólo con la música fricativa de los pasos que me llevan del color a la forma, del Cardo de Marta de la Sota al recuerdo de mi padre, que hoy hace un mes  que nos dejó. Todo tiene su fin. Pero todo vive en la memoria de la palabra, o de la imagen evocada. Yo me llevo las mías.

Al día siguiente amanezco en el hotel de Aravaca con la firme idea de volver al sur obviando la pesadez de la autovía aunque eso suponga un considerable desvío, así que, después de un desayuno contundente, pongo rumbo a Quijorna, mi primera parada. Conforme voy entrando en Gredos, Françoise Devienne viene a poner tono a la vegetación circundante determinando en sus notas los colores más cercanos, más verdosos que los lejanos, tomados estos de varios matices de azules. Cuando atisbo los pinares después de la Adrada empiezo a entrar en un estado vaporoso producto de mi extremada sensibilidad a la vegetación salvaje. Me pregunto por qué me atraerán tanto los pinos, qué tipo de sedación me produce el observar sus copas tan alejadas del suelo, como compitiendo cada una con sus hermanas para dominar todo el paisaje circundante. Paro el coche y respiro. No hay silencio, claro, porque en un paraje tan lujurioso no puede haberlo. Me siento en una piedra y se me vienen a la cabeza las naturalezas de Marta y las frondas de Jaime Sicilia que había dejado colgadas en Ynot la tarde anterior. Y veo también como en una nebulosa el Madrid atascado con toda su belleza, pero con todas sus rémoras en forma de multas, de restricciones, de mutilaciones, de obligaciones, de silencios, de ausencias, de naturalezas muertas... esos tópicos que tienen tantos siglos como la todopoderosa Roma de Nerón, por no remontarme a Mario y a Sila. 

Miro las obras que van atrás y están intactas, tal cual las coloqué en Madrid. Parece que han vuelto a su hábitat como si buscaran, en un recorrido inverso, su verdadera naturaleza abierta al aire y exenta de delimitaciones espaciales y materiales, treinta por cincuenta, por ejemplo, o grafito sobre papel, que en esa esclavitud tienen que vivir los paisajes y las naturalezas -muertas o no- que se cuelgan en las paredes. Necesito ver otra vez el cardo que he intercambiado con Marta. Lo saco, y la ligereza de su visión tonifica mi alma y me  da hambre, por lo que me apresuro a tomar el volante para encontrar un sitio donde comer.

El caso es que, a partir de esa sentada entre pinares, cruzando todo el valle del Tiétar y toda la adorable comarca de La Vera, no puedo quitarme de la cabeza los sutiles ramajes y las frondas de Ynot. Y también me voy viendo en los encuadres que me aparecen detrás de cada curva, una y otra y otra vez. Algunas de las obras de Arquetipos se han nutrido de este tipo de colgadura. La neurosis de vivir en hábitats ortogonales, por muy pequeños que sean, tiene esas cosas; por ejemplo, la ilusión de ejercer de eremita (aunque sea a plazos), que luego ese tiempo ganado a la abulia irá al papel o al lienzo rezumando toda la esencia adquirida. En la experiencia, en la emoción de las visiones, nacen los sueños para luego ser colgados, con sus modestas bocanadas de aire incluidas, en el mismo ojo del huracán, que, sin embargo, siempre se muestra ricamente generoso. Así ocurrió en Madrid en esta ocasión, como en tantas de ayer y de mañana. El artificio de la ciudad, como se ve, aún con sus enormes trampas ortogonales, no puede domeñar el alma deleble de los hombres grandes que convocan los Arquetipos.

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