JOSÉ MARÍA DÍEZ

Otra vista de Albor de Santa Catalina, cuando descubrimos El vientre del arquitecto
Grafito sobre papel, 23x236 cm

 

ESTOS LUGARES PLÁCIDOS

Cádiz no se parece a casi nada. Dicen, en todo caso, que a La Habana, y no lo dudo. Y yo digo que a veces me recuerda instintivamente a Venecia, sobre todo cuando el agua se torna verde y la humedad dibuja en las paredes esos mapas en los que buscamos nuestros caminos. Pero poco más. Porque Cádiz lleva en su seno su propia y genuina historia que la margina del mundo, aunque en ella misma se dé, concentrada,  toda la diacronía del universo. Ese rumiar llevo en mi cabeza desde el momento en que empecé a dejarme seducir por ella hace años. 

Al margen de la hospitalidad (suprema, no lo sabéis bien los nativos vivientes con quienes me cruzo cada mañana cuando voy a por mi hijo al colegio), lo mejor que Cádiz le puede ofrecer a un extraviado mesetario es servir de escenario para acoger su propia patria, esa que lleva a cuestas desde su Ilíada de Espasa hasta la primera de Bruckner. Y eso es lo que veis en estas amables paredes: escenarios servidos al gusto de mi imaginario, y no precisamente porque la realidad me aplaste. Todo lo contrario. Estos lugares plácidos (aún en levantes enervados) me espolean, crean en mí estados brumosos y fértiles para que el noble oficio del arte tome su sitio. Este es el trabajo. Sólo espero que no altere mucho vuestros itinerarios. Y que os guste.

 

 

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