JOSÉ MARÍA DÍEZ

 

 

 

BATALLAS

Comparto con mi amigo Pepe Mena un montón de desvíos, mucho de ellos vinculados, de una forma u otra, a las artes y al mundo del espectáculo. Nos une una eterna pasión por la música, que se exacerba si hablamos de los setenta, por ejemplo. También un gusto muy refinado por el color del cine, sea en blanco y negro o en tecnicolor. Y luego, esa neurótica atracción por personajes extemporáneos de la radio o de la literatura (Alberto Oliveras, Manolo Ferreras o Luis Antonio de Villena, Fernando Arrabal, por nombrar algunos). Pero hay algo verdaderamente inquietante que también transcurre paralelamente a ambos desde que compartíamos pupitre, allá por la época en que se empezaron a cubrir nuestros belfos de unos bigotes duros como ramas de olivo: los cuadros de batallas. En verdad no sé por qué esa afición. Mi teoría es que hay momentos en la vida que, por la razón que sea, te producen un placer de un calibre muy especial, y eso hace que se te queden grabados por siempre de tal manera que, a partir de ese hito, empiezas a asociar nombres, palabras, colores, escenas o músicas, con un estado de bienestar que te gustaría que se prolongara sine die

Sin embargo, si me pongo a rebuscar en mis recuerdos, no hallo el momento en que el cuadro de las lanzas de Velázquez empezó a convertirse en una constante. Sé que esa pasión también va unida a la atracción que siento por la historia. Meterme en el libro de Anaya  de sexto era darme un paseo delicioso por lugares y hechos, vestimentas y costumbres, de las épocas pretéritas. Y ese siglo XVII, sin duda, me arrebataba. Y me producían muchísima curiosidad los nombres extranjeros holandeses: Justino de Nassau, Guillermo de Orange; La Haya, Zelanda, Utrech, Breda... (otra vez la geografía, el preguntarme dónde estarán, cómo serán, qué clima hará en esos lugres...) 

Lo cierto es que me enganché a la escena en la que Spinola recibe la llave de Breda. Por supuesto, por el verismo descriptivo de los animales y de los personajes y sus ropajes, genialmente resueltos. También por la rotundidad de las lanzas, que se disponen en el cuadro como una maravillosa arquitectura efímera. Pero a mí me parece que la verdadera perdición de este cuadro está en los fondos. En esos paisajes me he perdido una y mil veces. Cuando voy al Prado me entretengo largos ratos con mis catalejos escudriñando pinceladas y veladuras que no son nada y lo son todo: son una farragosa improvisación en la que caben lejanías, lomas, árboles distantes, humaredas estilosas, soldados que recogen los bártulos de la guerra... Y todo eso con una delicadeza y una sapiencia que sólo el más grande de todos los pintores pudo ejecutar. Nunca la guerra fue tan bella.

 

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