JOSÉ MARÍA DÍEZ

 

 

 

EL CAMINO DEL NORTE (II)

Llegó un momento en el que empecé a notar que la pintura que venía haciendo hasta el momento iba progresivamente dándome un grado de insatisfacción desconocido y preocupante. Como siempre, el tiempo que me restaba de mis proyectos de diseño lo dedicaba al caballete en un estudio recién estrenado en mi nueva casa. Tenía nuevas temáticas en la cabeza, eso sí; pero me molestaba someterme a un realismo tan pulcro (aunque fuera muy poético, no lo dudo), de tal manera que me empecé a hastiar un poco. A la par, tenía que mudarme de ciudad sí o sí, porque iba a nacer mi hijo en Cádiz. Así que tomé una decisión que había ido rumiando en los últimos tiempos, sobre todo, también, impelido por la situación agobiante en la que me estaba dejando la crisis de 2008. 

En estas condiciones me instalé en Cádiz, ya con la idea firme de buscar un nuevo estudio donde trabajar a jornada completa en el arte. Mientras satisfacía encargos digamos que a la manera tradicional, me quedaba hasta altas horas de la noche investigando y ensayando sin prisas, pero sin pausas. Me quedé con lo básico: lápices diversos, carboncillos, difuminos y gomas varias, además de otros artilugios aparentemente inverosímiles para hacer arte con estas técnicas. Poco a poco, mancha a mancha (a menudo con música de Hammock), se iban descubriendo piezas que ya se ubicaban más allá del ensayo, pues me parecía que habían adquirido entidad suficiente como para seguir ligándolas al campo de la improvisación. Nacieron así las primeras series:  Fundaciones: De profundisFundaciones: Arcadia. Técnicamente todo era explicable: desde los formatos a las composiciones que dibujaba en el papel, de la ductilidad del grafito a la capacidad de provocar los contrastes, de los logros en luces y en sombras hasta el cromatismo que alcanzaban los innumerables grises.

Pero había algo que no alcanzaba a explicarme, y era por qué estaba expresando un mundo tan distante del que había estado reflejando hasta entonces. Cuando estaba pariendo en el estudio, irreflexivamente me iba por las ramas de forma caprichosa, como si las manos sólo obedecieran a un instinto. Tuvieron que pasar años (quizás dos o tres) para empezar a digerir algo que estaba muy latente en cada obra: había abruptas montañas, valles penetrados de luces, horizontes perdidos y fundidos con los cielos y las geografías del fondo, ríos épicos fugando... Entonces empecé a vislumbrar que lo que había estado haciendo era exudar toda la esencia de la que en su día me había empapado en Noruega. Comprendí que las geografías de los grafitos no se manifestaban exactas, tal cual las había vivido en su día, sino que eran evocaciones tremendamente líricas de los recuerdos y las sensaciones almacenadas desde hacía más de seis años. Había estado reviviendo mi primer camino del norte.

 

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