JOSÉ MARÍA DÍEZ

 

 

 

BELLEZA, MODERNIDAD Y MAGIA

Dice Jaime Sicilia que la belleza repara. Estoy totalmente de acuerdo con él; y aún más cuando vi y disfruté su obra de dos maneras distintas. Una, en la Galería Benot de Cádiz, donde presentaba sus Seascapes; y otra, en su casa-estudio de Madrid, donde además de saborear muy íntimamente sus paisajes y parte de otros trabajos de diversa índole, tuve la ocasión de intercambiar obra. Un lujo, sin duda, para el alma. Y, efectivamente, de la inmersión en esos paisajes desestructurados, evanescentes, uno sale no ya relajado (que para eso está el spá, o el diazepán) sino también, convencido de que hay un estado, latente en una belleza universal e indiscutible, que afecta a la inteligencia (ese enramado de virtudes sensoriales que diferencia al hombre del bisonte, por ejemplo). Porque existe una magia de las imágenes que endulza la inteligencia, y cuanto más contemplas, más eterno te parece el momento. 

A veces, uno se siente desbordado porque el caudal de esa belleza de la que hablamos se pasea  a borbotones entre las páginas de los libros de historia del arte. Pero es maravilloso atravesar los períodos históricos siempre con algún deleite que llevarse a los ojos. Sin embargo, resulta muy curioso contrastarlos. Escojamos dos piezas, por ejemplo: el Noli me Tangere, de Correggio, y  El grito, de Munch. Objetivamente, ambas rondan lo bello, si bien la segunda es más amarga que la primera. Ambas son entendibles teniendo en cuenta las épocas y los contextos sociales, políticos y religiosos imperantes en el tiempo en el que se ejecutó cada obra.

Munch (como también El Greco, antes; o Picasso, y Rothko, y Bacon, después), con su grito, es consecuencia evolutiva de otras bellezas anteriores. Pero ¿y los gritos actuales? ¿Qué nos venden? ¿Qué rastro de belleza encontramos en los lugares comunes del arte actual? Yo creo que, en cuanto se refiere a lo oficial, la belleza no ha evolucionado bien, que se ha estancado. Es más, se ha emponzoñado, y ha devenido en una suerte de horror. Existe un feísmo al que me atrevería a calificar como de escuela. Es decir, reglamentado, propagado, estandarizado y enlatado, para consumo diario. Basta un garbeo por los templos ad hoc para confirmar mi sospecha. Y es que, en esta plaza común repleta de mass media, la modernidad se lleva muy mal. Y el problema radica en que no se nos da la libertad de descubrir imágenes, no se nos da pie para dejarnos llevar por instintos muy acendrados a la hora de escoger el arte, porque casi todo está siniestramente programado. Por muy tópico que nos parezca, no es descabellado afirmar que impera el gesto sin contenido, la boutade, aquello que renuncie a que lo delicado nos amaestre las almas, tan necesitadas como están de buscar lo absoluto entre tanta parcialidad como nos ofrece la sociedad actual. Qué lástima. Porque se nos priva de la auténtica magia, la verdadera redentora que viene de serie con el Arte (con mayúscula). Jaime dixit.

Así que, mientras tanto, vayámonos al spá, por si acaso, para tonificarnos un poco de cuerpo y alma, a ver si escampa. Al del Parador de Cádiz, por ejemplo, desde donde se divisa un océano de bella factura universal que ya habían inventado los antiguos. O sea, los modernos que vivieron mucho más allá del 11-S, cuando la tierras que habitaban los cornúpetas era la materia con la que se creaba la magia. 

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