JOSÉ MARÍA DÍEZ

 

 

 

EL CAMINO DEL NORTE

Viajé por primera vez a Noruega en 2006. Necesitaba acercarme a los escenarios donde los hombres del norte forjaron lo que venimos a llamar mundo vikingo. Quería, a la par, empaparme de cultura escandinava, tan atraído como estaba por ella. Así que, tras una breve estancia en Estocolmo, aterricé en Oslo para dar una vuelta atravesando la espina dorsal de Noruega hasta llegar Ålesund, para luego bajar a Bergen vía fiordos. 

 

Yo entonces estaba inmerso en mi actividad de interiorista, disfrutándola mucho. El tiempo que me restaba, que era escaso, lo dedicaba a mi otra pasión (¿o habría que decir mi primera pasión?): pintar. Óleo sobre lienzo o tabla, interpretaba el mundo más cercano, detallaba arquitecturas, calles, paisajes del entorno donde vivía; y lo hacía de una manera muy realista, casi fotográfica, pero con destellos poéticos en la mirada, como versificando la realidad. Por aquellos días, sin embargo, y pese a la fruición en el acto artístico, ni un atisbo de cambiar el porcentaje de diseño y de pintura. Así que la intención del viaje quedó en un recreo de la vista y una expansión del alma para sofocar calores y hacer descanso en el ajetreo que llevaba encima en aquellos tiempos tan movidos.

 

Sin embargo, una vez zambullido en Oslo (inquietante ciudad de una bella frialdad), algo barrunté en el ambiente que me hizo presagiar que aquel país me estaba atrapando y que, probablemente, aún lo haría más conforme fuese subiendo hacia el norte. No me equivoqué. El tránsito por carretera hasta Ålesund ya me supuso ciertas dosis de belleza que no había ni imaginado. A cada curva encontraba encuadres supremos donde montañas, valles, ríos y todo el verde del mundo se ponían de acuerdo para ejecutar la armonía más exquisita. Es muy difícil citar lugares, irme parando aquí en accidentes o en vistas, porque sería prolijo ponerme de acuerdo conmigo mismo y con mis recuerdos. 

 

Después de Ålesund (otra joya arquitectónica del art nouveau), los días de los fiordos mostraron otras perspectivas con matices brumosos casi monocromos, pero sin embargo riquísimos, de una amplitud densa tendente a interiorizar las emociones visuales. El Norfjord, primero, y el Geirangerfjord, después, se grabaron a conciencia no sólo en la memoria, sino también en la sensibilidad, como si algo quisieran advertirme en lo más hondo de mi ser. Hasta entonces había viajado lo que mi tiempo y mi dinero me permitieron, había alucinado en geografías diversas de España y Europa, pero aquello me estaba alterando de una forma desconocida hasta entonces. La ascensión al glacial Jostedalsbreen remató aquella escandalosa inmersión en naturaleza tan agreste.

 

Al final, Bergen. Una ciudad de sencilla elegancia que te invita a volver porque es acogedora, paradójicamente casi mediterránea. Allí descansé. Recuerdo el agradable insomnio al escuchar a los Stone en puro directo en un recinto que quedaba a doscientos metros del hotel. Al día siguiente, domingo, por Bryggen transitaba gente de todas las edades con lenguas en las chupas. Tomando una Hansa pilsener mientras veía a vikingos rockeros con sus criaturas jugando en el suelo, pensaba que algo había ocurrido. Empecé a intuir que desde hacía algunas jornadas yo ya no era el mismo. De esta manera supe que volvería para encontrar algo que había dejado en aquellos paisajes.

 

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