JOSÉ MARÍA DÍEZ

 

 

 

ITINERARIOS

Da la sensación de que todo lo que ocurre fuera de las aglomeraciones no forma parte de la vida. Del mismo modo, todo aquello que no es transmitido, difundido, manoseado, por los grandes mass media, no es digno de ser vivido. Y, por ende, nada de lo que ocurre en las intimidades de las sociedades minúsculas, nada, atesora calidad. Siempre he pensado que habría que educar en sentir más respeto hacia aquellos lugares pequeños que, curiosamente, están enclavados en geografías a las que acuden, desesperados, los habitantes de los grandes núcleos, siempre buscando unas señas de identidad que han perdido. Se piensa en los pueblos como parques temáticos acotados, como surtidores de emociones que sirven para redimir al personal de sus deudas más penosas; pero no como un conjunto de casas donde vive gente que también demanda atenciones no sólo sanitarias, o de servicios (llamémosles) básicos, sino también de cultura (que debería ser el más básico de los servicios).

Hay lugares mágicos que uno lleva en las botas del alma, y que no cejan en su empeño de llamarme. Otros, aunque no los haya pisado, o simplemente los haya rozado, tampoco dejan de tocar a las puertas de alguien prendado de la historia, de la literatura, del arte, de las sociedades pequeñas donde se cuece pan de olor supremo. El tránsito es la vida. Estoy trazando itinerarios, caminos que son para quedarse, para vivir en ellos. Busco las venas más pequeñas del cuerpo ibérico, porque si por ellas no pasa sangre, se adormecen los miembros que conforman el ente. Y lo hago porque, de alguna manera, es la demostración de que me es grato revertir en la obra todo cuanto he recibido de esos sitios a los que me refiero, esos sitios plenos de sencillez y de dignidad. Con sus caminos y sus destinos, su vegetaciones y sus silencios, estos paisajes no han desaparecido del alma, porque, no en vano, han quedado en papeles y en lienzos que necesitan ser mostrados a sus habitantes.

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