JOSÉ MARÍA DÍEZ

 

 

 

WAGNER, LISZT Y LA SIERRA DE CÁDIZ

Richard Wagner nunca estuvo en la sierra de Cádiz, pero en la sierra de Cádiz me encuentro muy a menudo con pasajes de Richard Wagner. Esta tarde, durante el sopor de la siesta de mi Extremadura natal, escuchaba el preludio del primer acto de la ópera Lohengrin, y sin saber cómo, se me vinieron al recuerdo las mañanas (cualquiera de ellas; son muchas ya) de la casa de El Búho de Benaocaz, donde Nieves, Luis y mis sobrinas, tienen la gentileza de acogernos.

Cuando ando por allí suelo levantarme temprano, a la hora en la que el sol todavía no se ha manifestado decididamente. Me siento a leer en el empedrado por el que se sube a los arriates, antesala de la empinada falda de la montaña. Escucho el silencio de un montón de aves que no conozco, de los asnos y los gallos, de los perros comunicándose de punta a punta del paraje. A menudo corre un frescor que me hace olvidar la humedad de Cádiz y, cómo no, la flama que tiene que estar cayendo ya a esas horas en la Tierra de Barros. Me asomo a la cancela, y entonces, ante mis narices aparece el valle, fundido en una gama de azules que inflan el alma de esas esencias necesarias para contrarrestar la negritud de los telediarios.

Y ahí está Wagner. Las leves ondulaciones orquestales de Lohengrin son un calco de las armoniosas líneas que dibujan las montañas. De sur a norte, según me indica el búho de la veleta, aparecen decenas de accidentes, de transiciones, de recovecos por donde los verdes quieren ser azules; veo trazos armoniosos con su propia sonoridad leve; principios tonales, finales fundidos con las capas más cercanas donde todavía se identifican los árboles y las rocas. Eso es un preludio de Wagner. Calcado.

Es muy curioso: Wagner nunca estuvo en esos parajes, pero Franz Liszt anduvo muy cerca, en la casa de la Camorra de Cádiz (actualmente Centro Municipal de Artes Escénicas, y durante un tiempo colegio Arbolí, donde, por cierto, mi hijo estudió algunos meses).  Liszt fue un enamorado de Wagner, tanto que, con el tiempo, llegarían a tener tanta amistad que el propio Liszt dirigió el estreno de Lohengrin. Lo más lógico sería pensar que Wagner, a la hora de escribir estos preludios, bien pudo tener en su cabeza los paisajes del Meno, y no los de la sierra de Cádiz. Pero ¿y si Liszt hubiera llevado a Wagner una descripción de su viaje desde Sevilla a Cádiz, hipotéticamente realizado vía Utrera, Villamartín (el pueblo donde nació mi suegro), El Bosque...? ¿Y si le hubiera hablado de los colores, del vaporoso escenario por donde supuestamente transitó acompañado de algún apasionado Cicerone? ¿Y si esa serrana panóptica fuera la esencia del preludio de Lohengrin? Descabellado, claro. Pero no dejo de darle vueltas. En fin, es la hora del telediario.

 

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