JOSÉ MARÍA DÍEZ

 

 

 

LA NATURALEZA Y LA INVENCIÓN DEL MUNDO

Existe un paisaje que guarda una inmejorable proporción con la medida del hombre. Se llama Toscana. Todavía, después de que ya han pasado algunos años de haberlo recorrido en coche, está presente en mi corazón. Y también en mis manos; es decir, en mi obra. De una forma u otra, cuando un artista se sienta frente al caballete o al tablero, está narrando muchas de las vivencias que ha tenido a lo largo de su vida, vivencias que con el paso de los días, las convertimos en elementos consustanciales a nosotros. Y no hace falta que vuelva el recuerdo para que ese disfrute vivido empiece a ser revertido en la obra de forma totalmente natural y fluida.

Recuerdo unos atardeceres muy plácidos asomado al balcón de Volterra, desde donde toda la marina pisana se despedía del día con tonalidades muy suaves que iban de los tostados a los malvas pasando por unos azules casi imperceptibles. Conforme caía la noche, con la pátina de un aire dulce, la imagen casi se volvía monocolor, pero llena de multitud de matices que formaban los volúmenes suaves de las colinas y de las pequeñas hondonadas frondosas. Por la línea inconcreta del horizonte, allí donde se fundían tierra y cielo, sólo había enigma. Y belleza.

En aquellos días, las mañanas despuntaban con una luz firme. Desde el comedor del hotel, en pleno campo, admiraba en silencio el coqueteo jugoso ´que el paisaje mantenía con la elegancia de la invención humana, dentro de la cual estaba desayunando. Con sus líneas altivas, los cipreses salpicados por todo el paisaje con un tino asombroso, daban réplica a las ondulaciones de la tierra. Era la exacta conjunción de la sabiduría humana cuando se muestra certera alternando el atavismo de la naturaleza con el artificio moderado de la arquitectura. Y claro, luego, en los pueblos y en las ciudades había lo que había. Proporción, medida, aquiescencia, dominio, serenidad del alma, una tirantez pautada como una nota de tiorba. Había en todo aquel ensamble un tipo de disciplina propio de lo que fluye por sí mismo, como el río elegante que modula todo lo que hay a su alrededor sin violar ninguna ley. Eso debe ser el arte, inventar el mundo con un sigiloso respeto a la elegancia de la naturaleza. 

 

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