JOSÉ MARÍA DÍEZ

ARTESANÍA, TAMAÑO E INTIMIDAD

En un mundo en el que la megalomanía se ha impuesto aplastantemente en nuestro vivir diario, no está de más defender la pequeñez como forma no sólo de vida, sino también de expresión. Estamos acostumbrados a la exaltación de casi todo, a una especie de juego que consiste en imponerse siempre con la voz más alta, con el terreno más grande y con la repercusión más rotunda; pero no con la voz más clara, con el terreno más adecuado a una forma abarcable de vivir, y con la comunicación más cercana y sincera.

Los tamaños de mis obras importan. Haciendo algunas excepciones en que los dibujos llegan al metro y medio -no siendo  una medida exagerada-, por lo general, la producción de estas series se acerca al espectador en unos pocos centímetros cuadrados. En estos espacios tan encerrados se despliegan, sin embargo, sensaciones de mucha intimidad, como si hubiera tenido la necesidad de acercar el objeto al público con una atenta observación del discurso plástico. El río es un pequeño hilo blanco; las dobleces de las montañas aparentan arrugas humanas a tamaño natural; las murallas son pequeñas cajas de cerillas, objetos de regalo para poner en la mesilla.

Necesito que la obra sea abarcable, tocable, vivida como si fuera una pequeña prolongación de la persona. Y esto tiene que ver con el carácter artesanal que defiendo para mis dibujos. Concibo al artista como un menestral, un suministrador de amuletos que nos ayuden a encontrar belleza e intimidad. Las emociones son la vida, y los objetos que las irradian deberían formar parte de nuestro vademécum particular como señal de alta cultura, es decir, como señal de refinamiento humano. La vastedad, pues, puede caber en un palmo de papel Schoeller, y no debe de pertenecer sólo a aquella filosofía tan enraizada del burro grande...

Asi, la obra, vista en la sala, aparece como un rosario de pequeñas ventanas que dan a un mundo inexplorado. Sólo si te acercas percibirás el sonido. Sentirás vibraciones en tu núcleo más interno.