JOSÉ MARÍA DÍEZ

SOBRE TIEMPOS Y ESPACIOS


PAISAJES DEL EXTERIOR

​No puedo explicar mi infancia sin un lápiz, un papel y un juego de construcciones. Fueron mis primeros contactos con el espacio y mis inicios en el arte, ayudado por mi padre, por los libros y, como acicate principal, el Museo del Prado, donde un día supe que quería ser pintor. Hasta los dieciséis años produje paisajes sin descanso. Cuando descubrí el diseño (también dije entonces que quería ser diseñador), mi mente se abrió y empecé a indagar en el informalismo y en la abstracción de forma autodidacta.

​Después de empezar estudios universitarios de Geografía e Historia (dos de mis grandes pasiones), cuando buscaba artistas para crear un colectivo, me encontré con la Escuela de Artes y Oficios de Mérida, donde ingresé y donde me formé como artista, ahondando en el estudio del dibujo, de la composición y del color. En este período entro de lleno en la abstracción y le tomo cierto gusto a la materia. Realizo exposiciones, montajes escultóricos, performances y murales de gran formato.

​Pese a la incesante actividad artística de entonces, mi vida miró al diseño. Me titulé como interiorista, y, después de trabajar para una firma nacional, abrí mi propio estudio de interiorismo. Época excitante, porque en mis proyectos se fundían a menudo varias vertientes artísticas, creando un todo en el que interaccionaban la arquitectura de interiores, la pintura decorativa y mural y la imagen corporativa. Así, de forma natural, mi actividad profesional siempre giró en torno a las artes, tomando como ejes el diseño y la pintura. A veces, ambas disciplinas se cruzaron y se  enredaron sutilmente, como si la una sin la otra no tuvieran sentido.

En 1993, cuando la creatividad estaba plenamente volcada en los proyectos de interiorismo, y sin dejar la actividad de diseñador, retomé la pintura centrándome en el realismo. Como artista inquieto, también hice incursiones en el apasionante mundo de la restauración. La mayoría de los trabajos de esa época (1993-2011) están realizados al óleo sobre lienzo o tabla. Me interesaba la realidad: la luz y sus efectos, los espacios transitados, el paisaje y la arquitectura como insaciables motivos a los que acudir. Encontré en la pintura la poesía que anida en la esencia de las cosas, de tal forma que la obra iba más allá de un realismo fotográfico. En ella procuré verter mi interpretación de la realidad.

A principios de 2012 me trasladé definitivamente a Cádiz y aquí empecé una nueva etapa. Se cumplía un deseo. Quise desprenderme de todo bagaje y volví al principio: tomé grafito, carbón, lápices y papel y clausuré toda referencia a la realidad para abandonar el mundo cotidiano (por muy poético que fuese), aquel que había ido retratando durante dos décadas. Y así, me puse a averiguar (a dibujar) qué había quedado dentro de mí de todo lo aprendido, pero sin la red de lo concreto. Muy lejos de la vida exterior. Sólo fue cuestión de buscar en los adentros.

PAISAJES DEL INTERIOR

Nada es casualidad, y todo es causalidad. La decisión de dedicarme exclusivamente al arte no fue pasión de un día,  sino consecuencia de un proceso natural. Por tanto, no hablaría tanto del nacimiento de una nueva etapa, sino de un descubrimiento interior que en ese momento estaba viendo la luz. Libre de toda obligación, empecé a buscarme a mí mismo, a mirar en los adentros, casi como un juego. Me inquietaba saber qué había quedado en esencia de todo el bagaje de aprendizaje, y, sobre todo, qué mundo autónomo se habría formado en el interior después de tantas influencias y de aquellos años de realismo puro. En verdad, no quise irme de la realidad, de tal manera que, para no abandonarla, la inventé. O la reinventé. Así, pensé en el grafito como la más básica y sincera herramienta, y así, conforme iba trabajando, empezaba a emerger un lenguaje que, por difícil que parezca de ver, era el mismo de siempre, pero tan evolucionado que me motivó aún más. Aquellos horizontes de los óleos de mi primera etapa, sus lejanías y sus luces (a veces delicadas y a veces rotundas), tienen la misma esencia que estas nuevas series, sólo que ahora se desgrana una sutileza temática, cromática y compositiva que ha hallado, por fin, un estado de independencia.

Han sido años (¿quince, veinte?) de búsquedas que iban teniendo sus hallazgos. Poco a poco, a base de  trabajo y de investigación, el papel me devolvía un mundo coherente y estructurado, fruto no sólo del estudio y de la madurez, sino también del que yo llamo "proceso esponja", que no es otra cosa que la destilación que resulta de las fuentes de las que he bebido, de las influencias que me han ido calando en la vida. A las artísticas, por supuesto, pero también de otros tipos: la historia, la literatura, la fotografía, el cine neorrealista, y, especialmente, la música, de la que me confieso especialmente deudor. La música antigua y la barroca, clásicos contemporáneos, neoprogresivos electrónicos americanos o nórdicos, y algunos músicos new age, me han abierto espacios sonoros que se han revelado en las últimas composiciones.